NYDIA

 

 

 

 

 

 

 

 

Nydia y el niño envuelto.

 

 

 

Por Allen Frame

 

 

 

 Para Juan Betancurth, objetos ordinarios y comunes tienen un significado más allá de susentido utilitario; èl los transforma y re contextualiza a través de asociaciones provocativas conun contenido entre lo psicológico y lo erótico. Juan creció en Colombia, el séptimo de unafamilia de 8 hijos, lo que le brindó muchas oportunidades para observar e imaginar. Sus padresfueron personajes como salidos de una novela de Gabriel García Marquez; la madre, expertaen desarrollar técnicas de castigo para sus hijos, y un padre bisexual y artista el cual tomaba asu esposa como la musa cuya imagen controlaba, peinándola y pintándole su rostro previo areuniones sociales.

 

 En el 2012, Betancurth envió a su amigo mas cercano, el fotógrafo Benjamin Fredrickson, afotografiar a su madre en su hogar en Colombia para interactuar con un set de esculturas queel había realizado para ella. Juan no ha visitado Colombia en ocho años. Fredrickson, sinhablar español, la madre de Juan, sin hablar inglés. Juntos, establecieron una relación detrabajo por una semana. Fredrickson asume el reto desde una posición nada fácil: usa unapelícula polaroid en formato grande y jornadas de trabajo solo en compañía de ella, excepto poruna sola imagen en donde aparece el padre de Juan de una manera casi incógnita. Esteproyecto es un homenaje a su madre, o bien, una investigación sobre el impacto que provocaen la psique del artista. La madre, como la musa del padre, es robada como musa para el hijoa través de una estrategia que envuelve la participación de un amigo fotógrafo como susustituto.

 

 La madre de Betancurth se envuelve de manera absoluta con Fredrickson, quien tiene unapersonalidad cálida y empática, tal como si fuera su hijo que regresa a Colombia. Ella adopta yposa con las esculturas como si fueran sus propios utensilios domésticos, objetos de cocina outensilios de belleza. Su interacción es privada e íntima. Las esculturas que Juan realiza paraellas se precisan eróticas y amenazantes. Tienen cierta familiaridad de ser objetos de casa aligual que el erotismo de fetiches sexuales. Mientras tanto, presenciando la vivencia a distancia,Juan mantiene una lejanía critica que permite regresar al corazón de la historia.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 Los objetos que Betancurth usa – cinturones, cepillos, espejos, cucharas, extensiones decabello – se fusionan en sorpresas misteriosas exhibidas en pedestales, nichos, o colgadas enla pared con un cierto sentimiento azaroso y provocativo. En el Museo Belber Jimenez, Nydia,título de la exhibición y a su vez nombre de la madre del artista, Juan presenta 8 fotografías deFredrickson por primera vez, junto con una serie de esculturas recientemente exhibidaasí como una serie de nueva creación en reacción al contexto de Oaxaca. El lugar querepresenta para el artista, su primera vez en México.

 

Una habitación es dedicada a una pieza sonora en donde la madre del artista explica su recetadel platillo “muchacho relleno”, el platillo favorito de su padre. En otra habitación el visitantepuede apenas asomarse a través de una breve apertura hacia un cuarto en donde unperformance en video es proyectado. Un hombre que cubre su identidad a través de unamascara, con la cual limpia delicadamente su cuerpo. Betancurth provoca al visitante hacia unacto voyerista al interior del mundo de su imaginación. Una memoria de rituales domésticoshacia una manifestación de autoerotismo y deseo.

 

 

 

 

 

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Nydia and the Stuffed Boy

 

 

 

By Allen Frame

 

 

 

For Juan Betancurth, common ordinary objects are charged; he transforms and recontextualizes them, imbuing them with provocative associations of psychosexual content. Growing up in Colombia in a large family of 8 children, as number 7 of 8, he had a certain freedom in which to imagine and observe. His parents were characters worthy of Marquez: the mother, “expert at devising punishments for her many children,” and the bisexual father, his wife a muse whose image he controlled, styling her hair and makeup before parties.

 

In 2012 Betancurth sent his close friend, the photographer Benjamin Fredrickson, on a mission: to go to Colombia to Juan’s parents’ village and photograph his mother interacting with a set of sculptures he had made for her. Juan himself had not visited there in 8 years. Fredrickson, speaking no Spanish, and Juan’s mother, speaking no English, established a rapport and worked together for a week.  Fredrickson doesn’t approach photography the easy way: he photographed her with large format Polaroid film, and except for one picture in which Juan’s father’s arms are reaching into the frame towards the mother’s hair, the father does not appear.  This project is an hommage to the mother, or, an investigation into her impact on the psyche of her artist child.  The mother as father’s muse is stolen back as the son’s muse through a strategy involving the surrogate participation of a photographer friend.

 

Betancurth’s mother embraced the opportunity, relating to Fredrickson, who has a very warm and easygoing personality, as if he were her son come back. She handles and poses with the sculptures as if they were her own assortment of domestic tools, handy objects for her vanity or kitchen cabinet. Her performance with them is private, intimate, and brooding; the sculptures Juan has made for her feel erotic and menacing.  They have the familiarity of household objects but the eroticism of fetish toys.  And overseeing the encounter remotely from New York, the artist maintains a critical distance that allows him to go to the heart of a primal story.

 

 The objects Betancurth uses—belts, brushes, mirrors, scoops, cutlery, balls of hair—are fused into uncanny surprises, exhibited on pedestals, in niches, and hung on the wall with both a feeling of randomness and emphatic provocation.  At the Museo Belber Jimenez in Betancurth’s exhibition Nydia, titled after his mother, he shows 8 of Fredrickson’s photographs for the first time, along with sculptures previously shown as well as newly created in reaction to the context of Oaxaca, where the artist was visiting Mexico for the first time. 

 

 One room is devoted to a sound piece, in which the artist’s mother is explaining her recipe for Stuffed Boy, “Caballero Rellenos”, the father’s favorite dish.

 

 In another room the viewer can peek through a narrow slat in the door into a room in which a video performance is being projected: a man is wears special gloves whose “hands” are scrub brushes, and he is delicately caressing his skin with them.  Betancurth invites the viewer as voyeur into the private world of his imagination. A memory of domestic ritual triggers an autoerotic manifestation of desire.  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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